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Siempre que he tenido ocasión he invocado un texto de Allan Kaprow muy revelador sobre la naturaleza del arte. Esta invitación parece una nueva oportunidad especialmente pertinente. Se trata de un breve texto de los años sesenta titulado algo así como "The experimental art" donde Kaprow cuenta la historia de un pintor obsesionado y totalmente implicado con su arte hasta el extremo de utilizar incluso las paredes de su apartamento en Nueva York para indagar sin cesar sobre la esencia de la pintura. A medida que pasa el tiempo, el artista en cuestión muere de inanición y asxifiado por faltya de espacio. La moraleja que deduce Kaprow es muy elocuente: esta era una muerte anunciada pues el arte no pude encerrarse en casa sino, siempre, huir hacia fuera e ingresar en el terreno de lo siempre ignoto y por experimentar todavía.
Es verdad que el relato de Kaprow padece el punto de ingenuidad que atravesó muchas de las aventuras de los felices años sesenta, pero tiene la virtud añadida de sugerir la imposibilidad de construir una ontología del arte. En el esquema que respira el relato, el arte siempre va ha huir de cualquier lugar-definición para situarse en un espacio distinto al de cualquier previsión; y lo importante es que este impulso, no lo piensa Kaprow como una obsesión imperativa por la originalidad sino todo lo contrario, como una inevitable necesidad de huir siempre de sí mismo. Esta negatividad es para mi lo más interesante, lo que incluso nos permitiría - con cierta audacia - vincular el texto de Kaprow con las tesis de Adorno: el arte, para no convertirse en mercancía debe renegar de la misma idea del arte, reductora al fín y al cabo, e instalarse fuera de sí, en una especie de exilio constante, dónde nadie sabe bién quién comanda ese territorio.
Hoy mismo creo que estamos asistiendo a una situación perfectamente ilustrativa de este estado de cosas. Me refiero al simple hecho de que las producciones más interesantes que se están desarrollando en este momento, a pesar de las potentes inercias por ubicarlo en el mundo del arte, en realidad son ajenas a esta cuestión. Los más interesantes productores culturales contemporáneos no tienen afortunadamente ningún interés por discenir si lo que hacen es arte u otra cosa. En realidad, se han instalado ya fuera de la pregunta sobre lo artístico.
Bajo esta perspectiva, podría pues deducirse que somos partidarios de abandonar el problema planteado y confiar en la dinámica natural de lo artístico: nada podemos avanzar sobre el futuro inmediato pero con toda seguridad el arte sabrá como oxigenarse a sí mismo y renovarse perpetuamente. Desde luego no es esta nuestra invitación. Es una obviedad que la sociedad del espectáculo se esta desarrollando a una velocidad y con un perímetro que no permiten demasiados optimismos. Cada vez el espectáculo es más ágil y astuto en la creación de estratagemas para neutralizar al arte aún cuando este escape hacía otra cosa. El mejor ejemplo de todo ello lo estamos observando en el marco de los proyectos - artísticos y museográficos - desarrallados al amparo de la llamada estética relacional. El último ejemplo de un arte disuelto en la vida también se ha momificado dentro del recinto institucional, aunque sea bajo el pretexto del "tiempo real". Se dirá que eso en verdad estaba condenado de antemano; que nadie podía suponer seriamente que cocinar unas sopitas iba a canviar el rumbo de las cosas. La auténtica alternativa, se dirá, está en el arte comprometido literalmente, en el documentalismo, en lo parapolítico, en mamarse a Chantal Mouffe y Jacques Rancière; y es bien cierto que en estas prácticas tan correctas hoy es muy probablemente donde reside el germen de las nuevas salidas. Unas salidas que quizás sean ya urgentes cuando uno se percata de que siquiera hay, hoy por hoy, mesianismo mezquino sino simple carnaza de gran evento internacional o de una carrera profesional. Hay que detener tanto encuentro de curadores, tanto periodista bizco, tanto político fotogénico y tanta palabrería anodina. Sólo que el Imperio es tan vasto que uno no sabe hacía dónde podría dirigirse para andar fuera de casa.
Martí Peran
Barcelona
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